...justo cuando el vino empieza a hacerse presente en los racimos de las viñas. Los viñateros de improviso encuentran que el pámpano que amaneció una mañana en las guías verdes, ahora se agita y pretende reventar en líquidos embriagadores. Entonces corren hacia la bodega, echan abajo portalones, ponen tejas de azufre para ahuyentar los mosquitos, lavan con soda cáustica las paredes de las cubas y fudres. En fin, es necesario transformar la enorme bodega en una catedral para que entre el dios vino, nuevo, rejuvenecido.
Es el mismo vino de todos los años; sólo que éste, el que recién arriba, dio una vuelta completa por la tierra, atravesó primaveras, otoños, inviernos y veranos, y llegó portando en los hombros su bagaje de doce o catorce grados. ¡Qué no haya ni un mal olor, ni mugre, ni aguas fétidas! El dios nuevo es muy sensible y su lomo líquido es capaz de erizarse si los hombres no le prestan la debida atención.
Es la vendimia en los campos de la sexta región, valle del Cachapoal, donde ese gran alquimista rendía culto al vino, al buen vino que por entonces yá existía con los cuidados que don Balta conocía y aplicaba con rigor. En mi casa se bebía vino diariamente con las comidas, desde que tengo recuerdos y sabíamos de la calidad de los vinos de don Balta, de Macaya y de los Bouchón.
También existían los otros y uno de ellos era el vino malo, por antonomasia, el Cañetenes. Hoy parece algo de mentira, el mismo viñedo de base, en la localidad de Cañeten y tecnología de punta en la agronomía y la vinicultura, hacen caldos de calidad primium, por hoy se podría decir: si es del valle de Cañeten, buen vino y salud.
martes, 22 de marzo de 2011
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